La tierra no es plana. Y el mercado libre no se autorregula.
El mercado libre neoclásico está refutado desde hace 50 años y sigues debatiendo sobre lo libre que debería ser.

¿Debatirías con alguien sobre si la tierra es plana o no?
Lo inteligente sería no hacerlo. Simplemente, porque no hay un debate que tener. La tierra no es plana, y hay una evidencia aplastante de ello.
Pues si con la forma de la tierra lo tenemos tan claro, resulta que con el concepto de mercado libre que mágicamente se autorregula, debería pasar exactamente lo mismo.
Sigue existiendo la creencia popular de que en un mercado totalmente libre, se llegaría a un equilibrio super chulo en el que todo el mundo tendría de todo, y la sociedad sería feliz.
La realidad es que está analíticamente y empíricamente probado que no es así. Y no por una persona iluminada. Por diferentes personas, de diferentes ciencias, en diferentes lugares y en diferentes tiempos.
Si, en tu interior, la idea de que el libre mercado es la hostia, está ligada a tu identidad, y vas a ser incapaz de cambiar de opinión, puedes dejar de leer aquí. Por muchas pruebas que ponga sobre la mesa, no va a servir de nada, igual que no sirve de nada argumentar con un terraplanista.
Pero si tu identidad está más ligada a la búsqueda de la verdad y quieres aprender algo nuevo (yo, desde luego, he aprendido bastante documentándome para este artículo), sigue leyendo.
Muchísima gente piensa que esto del mercado libre salió de Adam Smith. Concretamente de su libro La riqueza de las naciones, donde, en una ocasión (y de pasada), habla de “una mano invisible”.
Adam Smith no era economista. Era filósofo moral. Vivió en pleno apogeo intelectual de Edimburgo y Glasgow, rodeado de pensadores. Vio con sus propios ojos cómo se construían las primeras fábricas de la famosa revolución industrial.
En esa época, Gran Bretaña estaba dominada por monopolios estatales y por una maraña de aranceles y privilegios.
En su obra, Smith reflexionó en contra de ese status quo, no de cualquier forma estatal.
De hecho, si lees La Riqueza de las Naciones, podrás ver que Smith desconfiaba profundamente de los comerciantes y empresarios, a los que acusaba de conspirar para subir precios y crear monopolios. Defendía el papel del Estado en Justicia, Defensa, Infraestructuras y Educación Pública. Era partidario de la progresividad fiscal, y criticaba las consecuencias deshumanizadoras de la división del trabajo extrema sobre los obreros.
En resumen: lo que muchos creen que es el padre del liberalismo es en realidad un filósofo que escribió sus opiniones basadas en el contexto donde vivía y sus observaciones. Smith no demostró nada matemáticamente. Solo eran sus observaciones y opiniones.
¿Por qué caló tanto en la sociedad, entonces?
Porque esas ideas no se difundieron solas. Alguien con muchísimo dinero (y no gracias al libre mercado) tenía un interés enorme en que calara. Y construyó toda una maquinaria intelectual y mediática para conseguirlo. Los economistas que conocemos fueron la cara visible de la operación, los “influencers”.
No es una conspiranoia. Está todo documentado.
En 1947 se formó la Sociedad Mont Pelerin. Se convocó a 39 intelectuales con el objetivo claro, no de hacer ciencia, sino de cambiar el consenso establecido y hacer que el liberalismo de mercado se considerara “sentido común”.
Algunos de los que estaban allí eran Friedrich Hayek, Milton Friedman, Karl Popper, entre otros. Era como un Vaticano de esta nueva religión. Definieron la doctrina, formaron a los sacerdotes y coordinaron la misión.
Si la Sociedad Mont Pelerin era el cerebro de la operación, el departamento de Economía de la Universidad de Chicago fue la fábrica industrial de “influencers”.
Liderados por Milton Friedman (un orador increíble), convirtieron la teoría vaga en eslóganes. Escribió Best Sellers, presentó una serie de televisión y "educó" a las siguientes generaciones de economistas.
Muchos de los economistas salidos de allí recibieron Premios Nobel, lo que hizo que tuvieran una autoridad incuestionable. Si lo dice un Premio Nobel, será verdad, ¿no?
Vale, pero todo esto, ¿con qué dinero? Estas cosas no son baratas.
Toda esta operación fue financiada por grandes monopolios. Qué curioso, ¿no? ¿Los monopolios no deberían temerle al libre mercado y a la competencia?
Heritage Foundation, American Enterprise Institute, Cato Institute, Volker, Earhart, Olin, Scaife… Fundaciones ligadas a grandes fortunas metieron gasolina sin parar durante décadas.
Crearon la Atlas Network, una organización para replicar el modelo de enseñanza por todo el mundo. Era como franquiciar la ideología.
La victoria final fue meter a Ronald Reagan de presidente, que fue otro influencer de la escuela de Chicago con mucha autoridad. No acabó de presidente por casualidad.
Y aún con todos los intereses que había detrás, nada de esto habría calado tan hondo sin el marco ideológico de la época. Con la URSS como enemigo, "mercado libre" se vendió como sinónimo de "libertad" y cualquier crítica se etiquetaba como "comunismo". (¡Y ESTO SIGUE PASANDO!)
Eso blindó la doctrina frente a las pruebas: ya no se discutía, se defendía como una bandera. De ahí que se comporte como una religión y no como una teoría.
Pero oye… ¿y si tuvieron suerte y resultaba que todo era verdad? ¿y si realmente es la mejor forma de organizar la sociedad?
Los Chicago Boys también se hicieron esa pregunta. Porque, que quede claro, ni ellos lo sabían.
Tocaba hacer un experimento. Y, cómo no, los experimentos de EEUU se hacen en su patio trasero. América Latina.
En este caso, Chile.
La CIA llevaba años saboteando al país para tumbar al socialista Salvador Allende, y el 11 de septiembre de 1973 lo consiguió con un golpe militar que puso a Pinochet en el poder.
Al día siguiente, ya estaba sobre la mesa del nuevo régimen "El Ladrillo": el plan económico neoliberal de los Chicago Boys. En 1975, el mismísimo Milton Friedman viajó a reunirse con Pinochet.
Es curioso que para hacer sus experimentos necesitaran hacer un golpe de Estado y meter a un dictador.
El PIB se hundió un 14%. El paro llegó al 24%. La desigualdad se disparó. Solo se beneficiaron las grandes empresas. Todo a costa de pérdidas sociales. La pobreza alcanzó el 40%. Y el crecimiento económico de la dictadura de Pinochet durante los 17 años de experimento fue mediocre, mucho peor que el resto de países de América Latina, donde eran socialistas.
Al final, el poco gobierno que quedaba tuvo que intervenir y rescatar la banca con dinero público, y esto fue exactamente lo contrario de lo que predijeron los economistas.
Pero esto, obviamente, lo ocultaron. En EEUU el propio Friedman hablaba del milagro chileno cuando sabía exactamente lo que estaba pasando.
Más tarde, cuando Chile volvía a ser democracia, se revirtieron las políticas y se volvió a crear el gasto social, el país dio un vuelco y remontó de golpe.
Y en EEUU lo vendieron como que había sido gracias al libre mercado.
Esto lo hacen mucho las farmacéuticas. Financian laboratorios para que demuestren que sus medicamentos funcionan, y si el experimento concluye que el medicamento no funciona, lo guardan en un cajón y aquí no ha pasado nada.
Este experimento no es la única forma de desmontar estas teorías. Ni mucho menos.
Durante estos 70 años, muchos han demostrado desde distintos enfoques, en distintos lugares y épocas, que la teoría de la mano invisible es inválida.
Los propios economistas neoclásicos intentaron probar matemáticamente que la mano invisible funcionaba, y en los años 70 tuvieron que rendirse.
En el intento de demostrar que funcionaba, hicieron lo contrario. El teorema Sonnenschein–Mantel–Debreu demostró que no hay razón para creer que los mercados converjan a un equilibrio óptimo, ni siquiera a un equilibrio cualquiera.
Un artículo de la revista Harvard Business Review titulado literalmente "There Is No Invisible Hand" explica exactamente lo que digo. La teoría murió hace 50 años, pero el discurso público sigue como si no.
George Akerlof, en su libro The Market for Lemons (1970), demostró matemáticamente que cuando el vendedor tiene más información que el comprador (o sea, siempre) el mercado no puede llegar al óptimo de Pareto (término matemático para este mercado mágico que se autorregula).
También demuestra que no necesita ninguna regulación externa para fallar (para aquellos que pensáis que todo es culpa de la intervención del Estado).
El mismo John Nash (el de la película Una mente maravillosa) demostró matemáticamente que la suma de decisiones racionales individuales puede producir el peor resultado colectivo.
La crisis financiera de 2008 es otro ejemplo clásico de qué pasa cuando el mercado deja de intervenirse. Los bancos, usando su nueva “libertad” se dedicaron a estafar a escala. Las consecuencias fueron desastrosas, y cómo no, tuvo que venir el Estado, con el dinero de todos, a rescatarlos.
Mi enfoque favorito es el de Kahneman, que argumenta que la teoría de la mano invisible solo sería posible si todos (sin excepción) fuéramos Homo Economicus.
Ser Homo Economicus significa ser:
- Totalmente racional: Y no digo muy racional. Digo absolutamente y completamente racional. Cero emoción.
- Con información completa: Significa estar absolutamente y completamente informado sobre TODO. La oferta que hay, conocer todas las empresas, qué empresas actúan bien por detrás y cuáles no, el futuro de la economía del país, incluso el tiempo atmosférico, lo que hace el vecino de al lado, y la concentración de CO2 en el aire.
Un Homo Economicus, por tanto, siempre tomaría la decisión adecuada teniendo en cuenta absolutamente todos los factores y su entorno.
Yo no sé tú, pero yo no soy así, por mucho que lo intente.
Kahneman y Tversky demostraron empíricamente que las personas no decidimos así: usamos heurísticos, tenemos sesgos sistemáticos (aversión a la pérdida, anclaje, sesgo de disponibilidad, framing…).
Vamos, que un libre mercado ético, sostenible y autorregulado sería posible solo si todos fuéramos unos iluminados. No me parece muy viable.
Cuando “debates” con un terraplanista, si el terraplanista es más o menos civilizado, te dejará hablar.
Entonces, pondrás todas las evidencias encima de la mesa.
Y cuando hayas acabado, te dirá “a mí todo esto no me sirve”.
Una falacia muy típica. Asumir que todas las opiniones tienen el mismo valor. Lo que le sirva o no le sirva al terraplanista no cambia la realidad.
Si todavía eres defensor del mercado libre, y leyendo este artículo has pensado “a mí esto no me convence”; hazte las siguientes preguntas:
- ¿No te chirría que fueran monopolios y grandes fortunas las que financiaron la difusión de las ideas que tienes?
- ¿Por qué debería ser tu intuición más válida que la de personas más inteligentes que tú y que yo, que han estudiado el tema toda su vida?
- Si todas estas pruebas no te sirven, ¿qué te serviría?
- ¿Has sido alguna vez tan crítico y exigente con alguien a favor del mercado libre? ¿O solo te pones en modo crítico cuando alguien habla de comunismo?
- ¿Has pensado en qué pruebas tienes para defender tu posición? ¿O solo estás repitiendo lo que has leído en algún libro random?
Te leo en los comentarios.
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