Manual de defensa mental (Parte 1): Sobre los sesgos cognitivos
No puedes ser libre si tu cerebro está más centrado en ganar discusiones que en encontrar la verdad.

Imagina que vas por la calle y un desconocido se te acerca sin decir nada y te agarra el brazo. ¿Qué sientes? Violación de tu espacio, violencia, agresión… como mínimo sentirás incomodidad. Y así es como debe ser.
Tenemos claro lo que es nuestro espacio personal. Y si alguien lo vulnera, nuestra primera reacción será protegernos. Ponernos alerta.
Nuestro cuerpo es importante, al fin y al cabo.
Pero, ¿y nuestra mente?
Mientras tenemos claro que no vamos a dejar que un desconocido por la calle nos toque, con la mente dejamos que cualquiera entre, toquetee, rebusque, desordene y manipule.
Vemos un titular alarmante y, sin leer el artículo, ya tenemos opinión formada y bando elegido. Un cuñado suelta "lo dijo un médico en la tele" y damos el dato por cierto sin saber ni qué médico ni qué estudio. Pensamos que tenemos razón porque todos los tweets que vemos coinciden con nuestra postura (cuando solo estás viendo los que coinciden y los que no, no los ves).
Y lo más inquietante no es que pase, sino que pase sin que nos demos cuenta.
He decidido empezar esta serie de artículos con el objetivo de darte recursos para que sepas defenderte de las violaciones mentales.
La buena noticia es que no necesitas ser superinteligente. Solo necesitas entender cómo funciona tu cabeza para que seas tú el que decida cuándo abrir la puerta de tu mente y cuándo cerrarla a cal y canto.
La mala noticia es que pararte a pensar, analizar y cuestionar gasta mucha energía. Y tu cerebro es muy tacaño. Así que tendrás que hacer un pequeño esfuerzo.
El esfuerzo valdrá la pena. Al fin y al cabo, ¿a quién no le gusta tener el control sobre qué entra y qué no en su cuerpo y en su mente?
Qué son los sesgos cognitivos
Cuando el cerebro intenta ahorrar energía (o sea, siempre) saca conclusiones precipitadas en vez de pensar un poco. Y lo hace sin que te des cuenta (precisamente por eso no gasta energía).
Daniel Kahneman lo explica de forma simple: tenemos dos sistemas que viven en sintonía.
El Sistema 1: rápido, automático, intuitivo, emocional. Eficiente energéticamente, pero comete errores si le pones una tarea más compleja. Va bien para soltar algo que quema, o detectar un león entre la maleza, pero no para hablar de política.
El Sistema 2: lento, deliberado, lógico. Fiable pero perezoso; delega casi todo en el Sistema 1. Va bien para pensar, pero sería literalmente imposible estar todo el día reflexionando sobre cómo caminar. Hay cosas que deben ser automáticas.
Un sesgo aparece cuando el Sistema 1 responde rápidamente y el Sistema 2 no lo revisa a conciencia (es decir, casi siempre, si no prestas atención).
Explicar todos los sesgos sería muy extenso, así que voy a centrarme en aquellos que tienen una influencia diaria en tu día a día.
Por qué no cambias de opinión tanto como deberías
Empezamos por el más importante. Este sesgo es el que evita que cambies de opinión. Porque cambiar de opinión requiere mucha energía para el cerebro, salir de la zona de confort, y aceptar que podrías estar equivocado.
Como el cerebro es un vago y pasa de tanto lío, solo te fijas en las cosas del mundo que confirman lo que ya piensas.
En las redes sociales, solo ves vídeos y lees tweets que coinciden con tu opinión.
Solo te acuerdas de aquellas veces que tu medicina alternativa ha funcionado, y olvidas todas las veces que no.
El único modo de parar este sesgo es forzarte a consumir contenido que contradice tus opiniones, y hablar (y escuchar) a gente con la que no estás de acuerdo.
Pero tanto lo primero como lo segundo son cosas difíciles de hacer en el mundo en el que vivimos. Las redes sociales solo te mostrarán más de lo mismo para que sigas consumiendo. Y solo te pondrán en contacto con gente que piensa lo mismo que tú.
Así que toca salir a la calle y hablar con gente real.
Por qué el marketing funciona mucho más de lo que te gustaría
Te manipula constantemente y ni siquiera te das cuenta. No es que te mientan descaradamente. Es que la manipulación está en los detalles.
La primera cifra que ves condiciona tu juicio. Se llama anclaje. Y si has vendido o comprado un par de cosas en el Wallapop, lo sabes. Si pones un precio de 50 €, te regatean a 40. Pero si hubieras puesto a 70 €, te hubieran regateado a 50 y habrías ganado más dinero.
La forma en la que te explican algo lo cambia todo. Vende muchísimo más un yogur 90 % libre de grasa que un yogur con un 10 % de grasa. Y es exactamente lo mismo.
Te da miedo perderte algo. Comprarás una cosa mucho antes y a más precio si “se acaba en un día” o “quedan solo 10 unidades”.
Por qué te crees tanto tus propias opiniones
Pero las empresas no son las únicas que te manipulan. Tú mismo te autoengañas constantemente.
Sobreestimas lo que sabes. Siempre. Se llama efecto Dunning-Kruger. Cuanto menos dominas algo, menos consciente eres de tu propia ignorancia.
Si eres emprendedor, sabes exactamente a lo que me refiero. Una vez que estás en pleno proyecto, te das cuenta de que las cosas no eran tan fáciles, y viene el bajón.
Esto se aplica en realidad a cualquier opinión sobre cualquier tema. Está demostrado empíricamente que cuanto más estúpido e ignorante es alguien, más se cree sus propias opiniones. Mientras que las personas formadas y racionales tienden a dudar o cuestionarse más sus creencias.
Así que si ves a alguien muy convencido de lo que dice, sospecha.
Tu autoestima también se ve afectada por los sesgos.
Si le pides a alguien que te diga 2 cualidades propias, te las dirá.
Si, a otra persona, le pides que te diga 9 cualidades propias, te dirá 3 o 4, y luego tendrá que pensar bastante para llegar a las 9, si es que llega.
La segunda persona se sentirá con peor autoestima que la primera. ¿No es increíble? ¿Por qué el cómo se percibe tiene que depender de cuántas cualidades le hemos pedido y cuántas de ellas ha sido capaz de decir?
Por qué te crees lo que te digan los demás
También te autoengañas sobre cómo son los demás.
Una cualidad positiva sobre alguien tiñe tu opinión sobre todo lo demás de esa persona.
Sin darnos cuenta, suponemos que si alguien es guapo, también es competente, o bueno.
¿A cuántos políticos han votado por ser guapos?
¿A cuántos actores de Hollywood has escuchado atentamente hablar de filosofía? ¿Por qué? ¿Ser un actor famoso te hace más sabio? ¿Más listo?
Si alguna vez quieres decir tu opinión y quieres que te crean, no la digas tú. Di que “tal persona” la dijo una vez. Y de paso, haz que el nombre suene a alemán o japonés. Aún se lo van a creer más. Tus amigos se fían más de un autor extranjero inexistente del que nunca han oído hablar, que de ti. Menudos amigos.
Por qué no entender estadística te mata
Acabas teniendo opiniones absurdas a causa de un problema grave que tiene tu cerebro. Pesa mucho más una anécdota que una estadística.
Cuántas veces te han contado “yo conozco a alguien que fumaba cada día y llegó a los 100 años”.
Fumar sigue siendo malo. Todo el mundo “conoce a alguien”. Sigue siendo una excepción.
Un “a mí me atracaron” se convierte en “esta ciudad no es segura”.
Un “a mí me funcionó” convierte religión en ciencia.
Y si la historia es emocionante, aún cala mejor.
Ignora las anécdotas. Hay una excepción para casi cualquier cosa que puedas imaginar. Y todo el mundo conoce alguna. No significa nada.
Tu punto ciego
Has leído todo este artículo pensando en amigos, familiares, gente de las redes sociales. Crees que esto, a ti no te pasa tanto como a los demás.
Te equivocas.
Estos son algunos de los muchos sesgos que existen.
No hay que sabérselos de memoria. Solo hay que entrenar el arte de pensar un poco más. Cuestionarse las cosas un poco más.
En el siguiente artículo, voy a hablar de las falacias lógicas, que es la forma en la que todos estos sesgos toman forma en un debate, una conversación, un post de Instagram o una campaña de propaganda.
Aprende a proteger tu mente del ruido y la desinformación que saturan el mundo, y serás un poco más libre.
Bibliografía recomendada
- Daniel Kahneman — Pensar rápido, pensar despacio. La obra de referencia: Sistema 1 y Sistema 2.
- Dan Ariely — Las trampas del deseo. Economía del comportamiento con experimentos cotidianos.
- Rolf Dobelli — El arte de pensar. Capítulos cortísimos, uno por sesgo; ideal como manual de consulta.
- Richard Thaler y Cass Sunstein — Un pequeño empujón (Nudge). Cómo el contexto condiciona decisiones.
- Gerd Gigerenzer — Decisiones instintivas. El contrapunto: la intuición a veces acierta.
- Kahneman, Sibony y Sunstein — Ruido. Un paso más allá del sesgo.
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